Al
Dios Momo y Joselito Carnaval
Jolgorio
en las alturas
Por: Guillermo Chavarro Borrás
La visión no podía ser más inspiradora, relajante y
provocativa. Era una imagen distinta a todo lo que había conocido en sus más de
sesenta y cinco años de vida. Carlos sabía que mentiría si dijera que no había
tomado ni una gota de alcohol esa noche, esa era una rutina para esta época del
año.
Sin embargo, todo a su alrededor se veía tan real como
fascinante. Era un espacio amplio, reluciente, infinito; no había calles ni
edificios, pero si grandes y coloridos jardines que delimitaban los amplios
caminos. Una voz fuerte y ronca en medio de un murmullo de gente lo saco de su
confusión y lo llevo a entender en qué sitio
se encontraba:
- ¡Aja viejo Charlie! ¿Eche y tú qué haces por aquí hey?
No podía creer lo que estaba viendo. Ese bacán que lo estaba saludando era
el mismísimo Elías Fontalvo Jiménez, eterno fundador de la Danza El Torito, una
de las danzas más tradicionales y representativas del carnaval de Barranquilla.
Luego de que Carlos le explicara su asombro por encontrarse en ese lugar, Elias
le dijo:
- Ñerda marica estas en el cielo. Pero no te preocupes,
cógela suave que aquí vas a estar bien.
Con razón allí había tantas caras conocidas como
desconocidas, pero de las primeras podía dar fe que todas habían partido del
mundo terrenal y que ahora se encontraban en lo que hasta ese momento era
desconocido para él. Luego del breve saludo se acercaron sigilosamente a un
grupo que se encontraba allí cerca y alcanzaron a notar que los ánimos estaban
un poco alterados por la discusión. Y no era para menos: según un periodista
flaco alto de gafas que se encontraba en el tumulto, el tema era candente y de
marca mayor. Resulta, según narraba el flaco gigantón, que Dios estaba
preocupado porque todas las almas allí presentes querían festejar nuevamente el
carnaval como todos los años –sin maicena y sin espumas porque ya el Señor las
había prohibido desde el año anterior-, pero Él tenia una única condición para poder autorizar la
fiesta. Y, parece ser, no era una exigencia cualquiera.
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| Antonio María Peñaloza |
Según los allí reunidos la petición divina consistía en
que por tratarse de que se conmemoraban los sesenta años del himno del carnaval
“Te olvidé”, qué mejor reconocimiento que en el estribillo donde gritan “viva
el carnaval”, “que vivan los cinco curro”, “que viva la danza del garabato”, “viva
el carnaval”, se incluyera una glosa que dijera “que viva la danza de las plumas”,
haciendo alusión a la comparsa que este año había organizado, con mucha
dedicación, un grupo de ángeles. Cuando algunos presentes pusieron cara de
desanimo y de impotencia ante tal solicitud, el Señor les increpó diciendo: “Así
os digo, pedid y se os dará, buscad y hallareis”. Y así hicieron, todos, junto
a la comitiva organizadora, se fueron en busca del maestro Antonio María
Peñaloza, autor de los arreglos musicales de la famosa canción.
Cuando lo encontraron y le comunicaron la solicitud del
Señor, éste se encontraba concentrado haciéndole unos arreglos a José Barros. En
tono malgeniado el maestro les respondió: “No, eso no va, esa vaina es muy
larga y no me suena. Además esa letra no es mía, hablen con San Ildefonso, no
sea que me vayan a joder con derechos de autor”. Y siguió refunfuñando: “que ya
era suficiente con que, sesenta años después, todavía estuvieran jodiendo con
que si “Te olvide” era en son de garabato, o si era en congo. Que hablaran con
Alberto Fernández -el cantante- para ver si él se le media al cambio”.
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| Alberto Fernández |
Pero como a Fernández era imposible contactarlo porque no
se encontraba aun por esas alturas, tratando de convencer a Peñaloza, el Comité
Organizador hizo cuanto estuvo en sus manos: le llevo en persona a Sonia
Osorio, coreógrafa oficial de la danza de los ángeles; acudieron a Pedro Biava,
su maestro y director musical; hasta Estercita Forero, elegida por plebiscito
popular reina del carnaval, estuvo presente en la plausible tarea de persuadir a Peñaloza y, por supuesto, darle gusto
al Señor. Finalmente, cansado de tantos ruegos y por tratarse del Santísimo, aceptó
incluir la glosa, pero en la voz de Bienvenido Granda, quien se encontraba
también en la comitiva. Y aceptó, sin antes aclarar, que lo hacía porque el
cantante cubano había interpretado una versión de “Te olvide” que a él le había
agradado.
Aclarado este penoso asunto el tumulto se dispersó. Parecía que ya todos los detalles de las festividades
estaban “milagrosamente” resueltos. El recorrido del desfile principal que
había causado algún tipo de descontento entre algunos bienaventurados, se
solucionó de una manera digna de alabanzas: saldría
desde la sede del trono celestial, manzanas más abajo cruzaría por el
purgatorio, y cuadras después daría la vuelta al infierno para terminar en la
plaza de la Misericordia. Cabe anotar que lo del paso por el infierno fue una
concesión especial del Salvador para que las almas en pena pudieran observar de
lejos el esplendoroso desfile. Del mismo modo se arregló el tema del Dios Momo: no habría Dios Momo, ¡el colmo! Allá
solo había un solo Dios y ni de vainas, así se tratase de unos simples
carnavales, iban a aceptar a un impostor. Designaron entonces un Capitán de las
Fiestas, que por unanimidad se le concedió a Enrique Salcedo Rivaldo, aquel artesano
de disfraces que participó por
más de dos décadas en el carnaval de los mortales. Y claro que hubo disgustos
por tal designación, entre ellos Ralphy Cien –propietario del Estadero La Cien-
y Julio Jaramillo –cantante popular-, ya que, por haber sido también Rey Momos,
se sentían merecedores de esta distinción.
Asimismo y con una gran sabiduría se aclaró la participación de los grupos musicales que animarían
las fiestas. Y en esto si hay que darle el crédito a Simón Pedro, quien sin
negarse ante tal responsabilidad y antes que cantara un gallo, dejó por sentado lo siguiente: solamente tendrían derecho a
participar los grupos folclóricos y orquestas locales –se sabe que tal decisión
era con el fin de darle trabajo a Mingo Martínez, Joe Arroyo, Pacho Galán, y
otros que se encontraban sin contratos en esos momentos-. La única excepción
seria para dos artistas internacionales que hubieran llegado recientemente al
Reino de los cielos, pero con la condición de que dentro de su repertorio
incluyeran una canción dedicada al carnaval. Y como los últimos en llegar fueron
Simón Díaz y Paco De Lucía, el primero aceptó adaptar un poco la letra de “Caballo Viejo” y reemplazar
el arpa por un acordeón; por su parte, Paco accedió con generosidad cambiar el
nombre de “Entre dos aguas” por “Rio y Mar”, e incluir una flauta de millo que
lo acompañara con su guitarra.
Y una última decisión, bendita por cierto, fue la de
cerrar las puertas del cielo durante el tiempo de las festividades –para entrar,
obviamente, porque de la eternidad no hay salida ni retorno-. Sin concesiones
ni excepciones la Oficina Especial de Emplazamientos y Llamados del Cielo,
OLSCH, por sus siglas en ingles, no prestaría servicios a su distinguida
clientela sino hasta el miércoles de ceniza. La misma oficina hacia un llamado
a la opinión pública para que tuvieran cuidado si les llegaba alguna Boleta de
Emplazamiento del Cielo, ya que habían detectado algunas falsificaciones por
parte de redes “oscuras” pertenecientes al cartel del Infierno –quienes si tendrían
las puertas abiertas todo el tiempo-.
Todo era una realidad inaplazable: un carnaval organizado
con lujo de detalles y por lo alto. Cada alma, de las cientos, miles y millones
que flotaban en el aire, podría hacer lo que le viniera en gana: disfrazarse,
bailar, curiosear, recochar. Todo estaba permitido. Y en esas andaban después
de la discusión del maestro Peñaloza: unos, terminando de confeccionar sus
disfraces, y otros, ensayando la coreografía de comparsas, danzas y cumbias.
Para esas instancias Carlos Cervantes –nuestro personaje-
se encontraba inmerso en el ambiente fiestero, contagiado por la bacanería y el
jolgorio del carnaval. Igual que los demás, empezó a buscar el disfraz con el
que todos los años, durante muchos por cierto, desfiló en los principales
eventos ganándose importantes premios y reconocimientos. Su búsqueda se volvía
infructuosa y el desespero empezaba a colmar sus emociones. No era posible que
en su debut en estos carnavales “sagrados” tuviera que ir con un disfraz improvisado. La
rabia y la impotencia lo llevaron a un estado de catarsis. Aquella experiencia
vital profunda se fue convirtiendo en desequilibrio, ansiedad, perturbación,
miedo, oscuridad.
En medio de esa confusión, abrió nuevamente los ojos y se
encontró de frente con su disfraz de “descabezado”. Estaba allí, de frente, la
cabeza a un costado de la mesita de noche y al otro lado, colgado al pie de la
ventana, el vestido entero azul, la corbata blanca y la camisa con el cuello
salpicado de pintura roja. Al mismo tiempo se dio cuenta que no estaban ni
Fontalvo, ni Peñaloza, ni el periodista gigantón, no había nadie. Estaba
despierto solo en su cuarto. De pronto, el sonido de un tambor alegre y las
notas de un pito atravesado lo hicieron volver a la realidad: estaba en su
casa, despertando de un largo sueño, en la víspera del carnaval. Y lo más
importante, su disfraz de El Descabezado estaba allí, esperándolo una vez más
para mostrar, como lo hace desde 1954, su alegoría en homenaje a Gaitán, a los
muertos de la masacre de las bananeras y a las víctimas de la violencia. En
cosa de minutos Cervantes se convirtió en El Descabezado y empezó su festín de
cuatro días. Ya no acompañado por la “Danza de las Plumas” pero si de la danza
de Los Coyongos, las Farotas de Talaigua
Nuevo, la danza del Paloteo, las negritas Puloy, la danza del Torito y cientos
de grupos más.
Inspirado en la experiencia de nuestro protagonista, me
pregunto si como decía Calderón de la Barca “los sueños, sueños son”, o si por
el contrario, como aseguraba Machado “lo mejor es despertar”. Lo cierto es que
el único lema que a esta hora y en esta fecha tiene validez es ¡quien lo vive
es quien lo goza!
Nota aclaratoria: El
verdadero nombre de Carlos Cervantes se omite por solicitud del protagonista y
por motivos de seguridad. Aunque en estos momentos se debe encontrar
disfrutando el carnaval, teme que allá arriba tomen algunas represalias y lo
llamen de urgencia por haber contado lo que no debió contar.


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