miércoles, 12 de diciembre de 2018

Cronica

Al Dios Momo y Joselito Carnaval
Jolgorio en las alturas
Por: Guillermo Chavarro Borrás
 Ignoro cómo se le ocurrió a Antonio Machado aquello de “Si es bueno vivir, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo, despertar”. Me atrevo a imaginar que al hijo de folclorista y famoso poeta sevillano le ocurrió lo mismo que a Carlos Cervantes, protagonista de esta historia, esa madrugada radiante de finales de febrero en Barranquilla.


La visión no podía ser más inspiradora, relajante y provocativa. Era una imagen distinta a todo lo que había conocido en sus más de sesenta y cinco años de vida. Carlos sabía que mentiría si dijera que no había tomado ni una gota de alcohol esa noche, esa era una rutina para esta época del año.
Sin embargo, todo a su alrededor se veía tan real como fascinante. Era un espacio amplio, reluciente, infinito; no había calles ni edificios, pero si grandes y coloridos jardines que delimitaban los amplios caminos. Una voz fuerte y ronca en medio de un murmullo de gente lo saco de su confusión y lo llevo a entender en qué sitio se encontraba:
-       ¡Aja viejo Charlie! ¿Eche y tú qué haces por aquí hey?
No podía creer lo que estaba viendo. Ese bacán que lo estaba saludando era el mismísimo Elías Fontalvo Jiménez, eterno fundador de la Danza El Torito, una de las danzas más tradicionales y representativas del carnaval de Barranquilla. Luego de que Carlos le explicara su asombro por encontrarse en ese lugar, Elias le dijo:
-       Ñerda marica estas en el cielo. Pero no te preocupes, cógela suave que aquí vas a estar bien.
Con razón allí había tantas caras conocidas como desconocidas, pero de las primeras podía dar fe que todas habían partido del mundo terrenal y que ahora se encontraban en lo que hasta ese momento era desconocido para él. Luego del breve saludo se acercaron sigilosamente a un grupo que se encontraba allí cerca y alcanzaron a notar que los ánimos estaban un poco alterados por la discusión. Y no era para menos: según un periodista flaco alto de gafas que se encontraba en el tumulto, el tema era candente y de marca mayor. Resulta, según narraba el flaco gigantón, que Dios estaba preocupado porque todas las almas allí presentes querían festejar nuevamente el carnaval como todos los años –sin maicena y sin espumas porque ya el Señor las había prohibido desde el año anterior-, pero Él tenia una única condición para poder autorizar la fiesta. Y, parece ser, no era una exigencia cualquiera.
Antonio María Peñaloza
Según los allí reunidos la petición divina consistía en que por tratarse de que se conmemoraban los sesenta años del himno del carnaval “Te olvidé”, qué mejor reconocimiento que en el estribillo donde gritan “viva el carnaval”, “que vivan los cinco curro”, “que viva la danza del garabato”, “viva el carnaval”, se incluyera una glosa que dijera “que viva la danza de las plumas”, haciendo alusión a la comparsa que este año había organizado, con mucha dedicación, un grupo de ángeles. Cuando algunos presentes pusieron cara de desanimo y de impotencia ante tal solicitud, el Señor les increpó diciendo: “Así os digo, pedid y se os dará, buscad y hallareis”. Y así hicieron, todos, junto a la comitiva organizadora, se fueron en busca del maestro Antonio María Peñaloza, autor de los arreglos musicales de la famosa canción.
Cuando lo encontraron y le comunicaron la solicitud del Señor, éste se encontraba concentrado haciéndole unos arreglos a José Barros. En tono malgeniado el maestro les respondió: “No, eso no va, esa vaina es muy larga y no me suena. Además esa letra no es mía, hablen con San Ildefonso, no sea que me vayan a joder con derechos de autor”. Y siguió refunfuñando: “que ya era suficiente con que, sesenta años después, todavía estuvieran jodiendo con que si “Te olvide” era en son de garabato, o si era en congo. Que hablaran con Alberto Fernández -el cantante- para ver si él se le media al cambio”.
Alberto Fernández
Pero como a Fernández era imposible contactarlo porque no se encontraba aun por esas alturas, tratando de convencer a Peñaloza, el Comité Organizador hizo cuanto estuvo en sus manos: le llevo en persona a Sonia Osorio, coreógrafa oficial de la danza de los ángeles; acudieron a Pedro Biava, su maestro y director musical; hasta Estercita Forero, elegida por plebiscito popular reina del carnaval, estuvo presente en la plausible tarea de  persuadir a Peñaloza y, por supuesto, darle gusto al Señor. Finalmente, cansado de tantos ruegos y por tratarse del Santísimo, aceptó incluir la glosa, pero en la voz de Bienvenido Granda, quien se encontraba también en la comitiva. Y aceptó, sin antes aclarar, que lo hacía porque el cantante cubano había interpretado una versión de “Te olvide” que a él le había agradado.
Aclarado este penoso asunto el tumulto se dispersó. Parecía que ya todos los detalles de las festividades estaban “milagrosamente” resueltos. El recorrido del desfile principal que había causado algún tipo de descontento entre algunos bienaventurados, se solucionó de una manera digna de alabanzas: saldría desde la sede del trono celestial, manzanas más abajo cruzaría por el purgatorio, y cuadras después daría la vuelta al infierno para terminar en la plaza de la Misericordia. Cabe anotar que lo del paso por el infierno fue una concesión especial del Salvador para que las almas en pena pudieran observar de lejos el esplendoroso desfile. Del mismo modo se arregló el tema del Dios Momo: no habría Dios Momo, ¡el colmo! Allá solo había un solo Dios y ni de vainas, así se tratase de unos simples carnavales, iban a aceptar a un impostor. Designaron entonces un Capitán de las Fiestas, que por unanimidad se le concedió a Enrique Salcedo Rivaldo, aquel artesano de disfraces que participó por más de dos décadas en el carnaval de los mortales. Y claro que hubo disgustos por tal designación, entre ellos Ralphy Cien –propietario del Estadero La Cien- y Julio Jaramillo –cantante popular-, ya que, por haber sido también Rey Momos, se sentían merecedores de esta distinción.
Asimismo y con una gran sabiduría se aclaró la participación de los grupos musicales que animarían las fiestas. Y en esto si hay que darle el crédito a Simón Pedro, quien sin negarse ante tal responsabilidad y antes que cantara un gallo, dejó por sentado lo siguiente: solamente tendrían derecho a participar los grupos folclóricos y orquestas locales –se sabe que tal decisión era con el fin de darle trabajo a Mingo Martínez, Joe Arroyo, Pacho Galán, y otros que se encontraban sin contratos en esos momentos-. La única excepción seria para dos artistas internacionales que hubieran llegado recientemente al Reino de los cielos, pero con la condición de que dentro de su repertorio incluyeran una canción dedicada al carnaval. Y como los últimos en llegar fueron Simón Díaz y Paco De Lucía, el primero aceptó adaptar un poco la letra de “Caballo Viejo” y reemplazar el arpa por un acordeón; por su parte, Paco accedió con generosidad cambiar el nombre de “Entre dos aguas” por “Rio y Mar”, e incluir una flauta de millo que lo acompañara con su guitarra.
Y una última decisión, bendita por cierto, fue la de cerrar las puertas del cielo durante el tiempo de las festividades –para entrar, obviamente, porque de la eternidad no hay salida ni retorno-. Sin concesiones ni excepciones la Oficina Especial de Emplazamientos y Llamados del Cielo, OLSCH, por sus siglas en ingles, no prestaría servicios a su distinguida clientela sino hasta el miércoles de ceniza. La misma oficina hacia un llamado a la opinión pública para que tuvieran cuidado si les llegaba alguna Boleta de Emplazamiento del Cielo, ya que habían detectado algunas falsificaciones por parte de redes “oscuras” pertenecientes al cartel del Infierno –quienes si tendrían las puertas abiertas todo el tiempo-.
Todo era una realidad inaplazable: un carnaval organizado con lujo de detalles y por lo alto. Cada alma, de las cientos, miles y millones que flotaban en el aire, podría hacer lo que le viniera en gana: disfrazarse, bailar, curiosear, recochar. Todo estaba permitido. Y en esas andaban después de la discusión del maestro Peñaloza: unos, terminando de confeccionar sus disfraces, y otros, ensayando la coreografía de comparsas, danzas y cumbias.
Para esas instancias Carlos Cervantes –nuestro personaje- se encontraba inmerso en el ambiente fiestero, contagiado por la bacanería y el jolgorio del carnaval. Igual que los demás, empezó a buscar el disfraz con el que todos los años, durante muchos por cierto, desfiló en los principales eventos ganándose importantes premios y reconocimientos. Su búsqueda se volvía infructuosa y el desespero empezaba a colmar sus emociones. No era posible que en su debut en estos carnavales “sagrados”  tuviera que ir con un disfraz improvisado. La rabia y la impotencia lo llevaron a un estado de catarsis. Aquella experiencia vital profunda se fue convirtiendo en desequilibrio, ansiedad, perturbación, miedo, oscuridad.
En medio de esa confusión, abrió nuevamente los ojos y se encontró de frente con su disfraz de “descabezado”. Estaba allí, de frente, la cabeza a un costado de la mesita de noche y al otro lado, colgado al pie de la ventana, el vestido entero azul, la corbata blanca y la camisa con el cuello salpicado de pintura roja. Al mismo tiempo se dio cuenta que no estaban ni Fontalvo, ni Peñaloza, ni el periodista gigantón, no había nadie. Estaba despierto solo en su cuarto. De pronto, el sonido de un tambor alegre y las notas de un pito atravesado lo hicieron volver a la realidad: estaba en su casa, despertando de un largo sueño, en la víspera del carnaval. Y lo más importante, su disfraz de El Descabezado estaba allí, esperándolo una vez más para mostrar, como lo hace desde 1954, su alegoría en homenaje a Gaitán, a los muertos de la masacre de las bananeras y a las víctimas de la violencia. En cosa de minutos Cervantes se convirtió en El Descabezado y empezó su festín de cuatro días. Ya no acompañado por la “Danza de las Plumas” pero si de la danza de Los Coyongos,  las Farotas de Talaigua Nuevo, la danza del Paloteo, las negritas Puloy, la danza del Torito y cientos de grupos más.
Inspirado en la experiencia de nuestro protagonista, me pregunto si como decía Calderón de la Barca “los sueños, sueños son”, o si por el contrario, como aseguraba Machado “lo mejor es despertar”. Lo cierto es que el único lema que a esta hora y en esta fecha tiene validez es ¡quien lo vive es quien lo goza!
Nota aclaratoria: El verdadero nombre de Carlos Cervantes se omite por solicitud del protagonista y por motivos de seguridad. Aunque en estos momentos se debe encontrar disfrutando el carnaval, teme que allá arriba tomen algunas represalias y lo llamen de urgencia por haber contado lo que no debió contar.

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