lunes, 22 de mayo de 2017

38 años del atentado a Navarro Wolf
La realidad de la guerra y la utopía de la paz


Hace 38 años el Congreso de la república aprobó una ley de indulto con el fin de concretar sus firmes intenciones en la búsqueda de la paz en Colombia. Al tiempo que se daban estos pasos importantes para la reconciliación, un terrorista lanzó una granada en una cafetería de Cali donde se encontraban desayunando seis integrantes del M-19: Antonio Navarro Wolf, Carlos Alonso Lucio, Alberto Caycedo, María Eugenia Vasquez, Alvaro Alvarado y Eduardo Altamar. Según las autoridades de la época el atentado iba dirigido contra Navarro Wolf, comandante del grupo subversivo.

miércoles, 1 de abril de 2015

A propósito de la Semana Santa
Promesas que cambian vidas

Por: Guillermo Chavarro Borras


La imposición de la cruz de ceniza en la frente, marca para los católicos la llegada del tiempo de cuaresama; tiempo fundado en el simbolismo de la cuarentena bíblica de Moisés, Elías y Jesucristo, y de los cuarenta años del pueblo de Israel en el desierto. Significa la llegada de un periodo de ayuno y penitencia.

En la Biblia se encuentran muchos ejemplos de superación, esfuerzo, reconstrucción, purificación, transformación, a través de la oración y la penitencia: José hijo de Jacob, Ester, la casta Susana, Jeremías, la samaritana, la mujer adúltera y arrepentida y Zaqueo. El más diciente, quizá, es el que narra el encargo a Jonás de anunciar que la ciudad de Nínive sería destruida dentro de cuarenta días. Cuentan las Escrituras que los ninivitas atendieron el mensaje, “creyeron en Dios, decretaron un ayuno y se vistieron con ropa de penitencia, desde el más grande hasta el más pequeño”, con la esperanza de que Dios aplacara el ardor de su ira y echara atrás su decisión. Y, en efecto, “al ver todo lo que los ninivitas hacían para convertirse de su mala conducta, Dios se arrepintió de las amenazas que les había hecho y no las cumplió”.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Cronica

Roma y Bogotá, de fiesta en el carnaval
Por: Guillermo Chavarro Borras
No hubo una cita previa. Todo sucedió de manera espontánea, sin compromisos ni arreglos, sin invitados ni anfitriones, preparados para lo inesperado.  Como decía Neruda, “Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”; y, en este caso, estábamos en el lugar indicado y en el momento preciso: todo pronosticaba que serían las horas más felices para todos.
En realidad no había un requerimiento previo, o quizá sí, había una orden perentoria, un decreto real, dictado unas semanas antes por la autoridad principal del jolgorio en la cual decretaba a “Curramba” en estado de sitio carnavalero, otorgando amnistía general a los alzados en copas y declarando la ciudad en histeria colectiva, en desenfreno, en alegría sin límites. Y esa era una orden bien seria que nadie se atrevería a desobedecer.

El primer visitante llegaría una semana antes del carnaval desde Roma, Italia. No quería perderse ninguno de los eventos previos de la fiesta y, por ello, había asegurado su viaje meses antes.  Giorgio Cinini proviene de una familia tradicional italiana, asentada en Trastevere,  una zona medieval en Roma que está separada del centro de la ciudad por el río Tiber. Es el único lugar de Roma que sobrevivió a la época medieval y que mantiene una fuerte identidad local. Desde allá, desde este característico y encantador barrio italiano, Giorgio tomó sus maletas y decidió apreciar de cerca, con sus propios ojos, lo que en algún momento había conocido en publicaciones especializadas como uno de los carnavales más importantes del mundo.

Trastevere tiene mucho que brindar, tanto al residente como al visitante, desde un alojamiento acogedor, restaurantes con encanto,  atracciones culturales, tiendas de toda clase y una noche muy animada gracias a sus numerosos bares y pubs. Pero este romano quería ver más. Tal vez quería saber cómo, aquella fiesta con que sus ancestros abrían las celebraciones, o carnelevale, que significa quitar la carne y alude al tiempo previo a la Cuaresma cristiana, había llegado tan lejos y poseía tan alta reputación.
      
Como europeo que es, venia cargado de un montón de paradigmas. Su aventura estaba catalizada por la incertidumbre, por conocer a aquellos seres que en apariencia se caracterizaban por estar atrapados en el círculo vicioso de la pobreza y la desesperanza, pero también por sospechar que –en medio de sus desgracias— no tienen otro remedio que burlarse de su propia suerte. Así como lo hacía, en su Roma antigua, el dios Momo, que según la leyenda era el dios de "las chanzas y de las burlas; hijo del sueño y la noche; era en fin el dios de la locura que con chistes y agudezas y con mímica grotesca, divertía a las mil maravillas, a los excelsos dioses del Olimpo".

Por eso, su asombro no dejaba tranquila su conciencia al ver, apretujado entre la multitud, el primer desfile del carnaval: La Guacherna. Las comparsas, las cumbiambas, los disfraces, uno detrás de otro, convertían su incertidumbre en realidad,  trocaban su formalidad en júbilo, y ya pasadas las horas, sus auténticos gestos mediterráneos se transformaron en movimientos cadenciosos que trataban de imitar a los negros y mulatos que desfilaban por la calle. ¡Ya estaba metido en la recocha! De ahí en adelante sus horas de reposo serían mínimas y su tiempo de gozo llegaría siempre hasta el amanecer.

Pero su alegría llegó al límite de la fascinación al conocer las muestras de teatro, danza y música de “Carnavalada”, evento organizado por la Asociación Cultural ¡Ay Macondo!, en cabeza del maestro en Arte Dramático Darío Moreu,  y que se ha convertido en un referente para disfrutar la fiesta como se vive en los barrios de la ciudad. Allí, el “Romanquillero” –como el mismo se reconoce ahora- disfrutaría de inolvidables momentos apreciando el espectáculo del Sexteto Tabalá de San Basilio de Palenque, a la Banda 19 de Marzo de Laguneta, la Danza de Farotas de Sabanalarga, la agrupación Stereocuco de Barranquilla y otras extraordinarias puestas en escena.

La conexión de Giorgio Cinini con el carnaval de Barranquilla fue instantánea, por no decir que mágica. Y así como su mesura del principio se transformó en alborozo, el martes de carnaval, del jolgorio pasó a la nostalgia. A una nostalgia mentirosa porque en el fondo la burla, el desenfreno y la histeria colectiva seguían intactas. Disfrazado de viuda alegre, este italiano, músico de profesión, recorrió las calles, como el más auténtico barranquillero, llorando la partida de Joselito carnaval. Dejó su papel de espectador para sumergirse en la representación cómico-teatral que emula el dolor que sienten los carnavaleros por el fin de las fiestas. Eran lamentos de gozo, de alegría, de sentirse parte de un espectáculo que no volvería a salirse de su corazón.

En otro lugar de la ciudad, en la víspera del sábado de carnaval, se encontraba una pareja de bogotanos que había abandonado su rutina capitalina para disfrutar durante cuatro días las fiestas del dios Momo. Alberto Littfack y Consuelo Neira son los directores de la Galería Café Libro en Bogotá, un sitio concebido hace más de 26 años para el encuentro, la tertulia, la fiesta y la diversión. Podría decirse que para hablar de rumba en la capital hay que hablar de Café Libro. Sus tres sedes son consideradas como los sitios de mayor tradición y arraigo cultural en el corazón de los bogotanos. Nadie, como este par de bogotanos, sabe de gustos, de cultura y de diversión. Pero ellos querían ver más. Hacía muchos años no venían al carnaval de Barranquilla y la posibilidad de llevar una muestra de las fiestas a sus galerías en Bogotá los llenaba de entusiasmo.

Sin embargo, su primera impresión no fue precisamente en un evento del carnaval. Era casi una verbena de los años setentas: cuerpos sudorosos que se movían tratando de encontrar un espacio entre la multitud, la brisa fresca que entraba por las enormes puertas apaciguando un poco el calor y, de fondo, los sonidos brillantes de las trompetas y los golpes acústicos de la percusión. La música pegajosa de Cortijo y su Combo, la voz melodiosa de Héctor Lavoe y los acordes casi clásicos del piano de Ricardo Ray, hicieron sentir a los bogotanos que se encontraban en Barranquilla, y no propiamente en un desfile, sino en el templo de la salsa: La Troja. Ellos, acostumbrados a ver sus sitios casi siempre llenos, no podían esconder su sorpresa al apreciar que la multitud no solo no cabía en el sitio, sino que alcanzaban a llenar las calles alrededor.

De la euforia de un viernes en la Troja pasaron a la belleza, el colorido y la alegría de los desfiles de la 44, la Batalla de Flores, la Gran Parada de Tradición y Folclor  -uno de los eventos que más llamó la atención de los visitantes-, La Gran Parada de Fantasía y el Festival de Orquestas. Pero lo que le dio el toque especial a los agitados días de fiesta fue el recorrido que hicieron el martes de carnaval por la carrera ocho del sur de Barranquilla. Era el mismo carnaval pero en otra dimensión, era quizá esa dimensión perdida del antiguo carnaval en los barrios, el de las verbenas, los pick up, las ventas de fritos a los costados, el bullicio, el de la mamadera de gallo. Aunque ya entraba la noche y Joselito hacía horas había sido enterrado, la algarabía y el desenfreno hacían pensar que habían retornado milagrosamente al mismísimo sábado de carnaval. Y es que para esta gente la fiesta de la carne todavía no había terminado. “Este si es el verdadero carnaval” diría Alberto Littfack admirado.

Ese mismo martes en la medianoche Littfack y su esposa partirían hacia Bogotá un poco nostálgicos pero felices. En sus mentes se llevaron grabado el estribillo de “La llave, dónde está la llave, cuando me emborracho rracho, no sé qué me pasa, pasa, no encuentro la llave, llave, no encuentro la casa, casa”, la canción que repicó en sus oídos durante los días de carnaval y que seguramente estará sonando en estos momentos en el café Libro de la 93 en Bogotá.

El italiano Cinini, en cambio, no se ha ido aún, si por él fuera se quedaría toda la vida en Barranquilla. Ya tiene el montaje de un documental sobre Barranquilla que espera poder mostrar  en toda Europa. Y sueña con hacer realidad una fundación que promueva el intercambio cultural y musical entre Roma y Barranquilla. Ya le tiene nombre, se llama “Romanquilla”.

Tanto los bogotanos Littfack como el romano Cinini establecieron en los cuatro días de carnaval una relación sentimental con Barranquilla parecida a la que siente uno con su primera novia: irrepetible, inolvidable, única. La felicidad que les inspiró, la alegría desbordante que sintieron y la atracción lujuriosa de una fiesta singular, hará, seguramente, que los tengamos de vuelta muy pronto.


martes, 29 de marzo de 2011

Cuando la Chichamaya se vistió de Ballet


Por: Guillermo Chavarro Borrás


Cuando me enteré de la noticia inmediatamente los recuerdos me llevaron a La Guajira. Conocía de su extenso recorrido por el mundo durante 48 años presentando con gran profesionalismo la más alta expresión del folclore colombiano. Sabía como muchos colombianos que, gracias a su admirable formación artística, había logrado un increíble ensamble entre la pureza del folclore de nuestro país y la sofisticación de las danzas modernas. También supe de la meritoria condecoración del Merito a la Democracia Grado de Caballero, que le entregó el Senado de la República, gracias a su trayectoria, su excelente desempeño y su constante consagración al servicio de la cultura colombiana y como embajadora de nuestro folclor en el mundo. Y no era para menos: era el resultado de más de 50 años de trayectoria artística obteniendo ovaciones y galardones en los principales teatros de Moscú, París, Berlín, Tokio, Roma, Washington, New York, México, Buenos Aires, Sao Paulo, Lima, Quito, Santo Domingo, Puerto Rico, Bruselas, Tel Aviv, Jordania, Egipto, Montecarlo, Madrid y Beijing, entre otros. Igualmente fue público el significativo acto en el cual la Presidencia de la República le entregó la Cruz de Boyacá a la directora y fundadora del Ballet Nacional de Colombia, por su extenso y exitoso recorrido artístico. Todos estos hechos recientes no pudieron evitar que mis primeros pensamientos al conocer la noticia de su fallecimiento me trasladaran a los gratos momentos que compartí a su lado por todo el territorio de la Guajira. La excusa: el final de un milenio y el comienzo de un nuevo siglo. Gracias al generoso aporte de la empresa Cerrejón, el aclamado Ballet de Colombia se presentaría en una gira maratónica por diez municipios de la Guajira. La expectativa era impresionante, tanto para los organizadores como para el público. Para los organizadores era claro que el atrevimiento de llevar un ballet, acostumbrado a presentarse en los mejores teatros de América, Asia y Europa, a una tarima en la plaza pública de San Juan, era de por sí un arresto que sólo se podía tomar con la fe puesta en el profesionalismo y la trayectoria de Sonia Osorio y su grupo de bailarines. Y para los guajiros la expectativa no era menor. Acostumbrados a los cotidianos conciertos de los más insignes exponentes del folclor vallenato, la propuesta del Ballet de Colombia era lo más parecido a escuchar a Andrea Bocelli en la plaza de Uribia. Pero, por encima de cualquier pronóstico, el colorido multicolor del Ballet de Sonia Osorio empezó a recorrer los municipios de la península con éxito rotundo y un lleno total. “En Riohacha -según los registros de prensa del momento- “el éxtasis de los presentes ante el majestuoso despliegue de plasticidad que mostraron los bailarines en escena fue total”. Y en Maicao la aclamación fue mayor cuando salieron a escena Liliberth Mena y Jim Hernández, guajiros ambos y una de las parejas principales del Ballet. Con el Mapalé y la Chichamaya, acompañados por todo el grupo de bailarines, estos artistas despertaron el orgullo de sus coterráneos quienes no se cansaron de ovacionarlos. Apreciar una de las danzas más ancestrales de la cultura wayuu mezclada con el toque magistral de la danza moderna, rebasó todas las expectativas e hizo de éste un espectáculo inolvidable. Y puedo asegurar que para Sonia Osorio también lo fue: su sonrisa, su rostro de satisfacción y un público que la seguía pidiéndole autógrafos, así lo demostraron. Fue una gira fatigosa que todas las noches tenía su recompensa: el reconocimiento y el aplauso de todo el pueblo guajiro que no se cansaba de vitorearlos en cada una de sus presentaciones. Así lo sentían los bailarines y su directora, pues las muestras de aprecio y cariño no se hacían esperar. Recuerdo que en Urumita, el primer municipio donde se presentó el Ballet, uno de los nativos del pueblo, en señal de agradecimiento, le obsequió a Sonia unas bellas plantas de Calaguala. Ella las recibió con gran placer pues era conocido su gran amor por la naturaleza y en especial por las plantas ornamentales. De allí en adelante, serían sus compañeras de viaje durante toda la gira del Ballet. El ama de llaves del hotel donde se hospedaba recuerda que Sonia le pedía que todas las mañanas le llevara las plantas a su cama donde las cuidaba con gran esmero y les hablaba como si fueran sus hijas. Así era Sonia Osorio: una mujer brillante, de carácter fuerte, exigente, comprometida, responsable, pero con un corazón grande y una generosidad inmensa. Su mal genio era directamente proporcional a su poca tolerancia con la indisciplina, el incumplimiento y la irresponsabilidad. Recuerdo que para la presentación que se haría en la Plaza Simón Bolívar de Villanueva todo el grupo se encontraba listo para partir. La hora fijada era siempre de tres horas antes del inicio del show, así lo definió su directora con el fin de realizar los ensayos pertinentes y asegurar la calidad del espectáculo. Cuando pasaron quince minutos y el transporte no llegaba, Sonia puso el grito en el cielo y furibunda anunció que la presentación se cancelaba. Perplejos los organizadores y ante tan inesperado anuncio corrieron a buscar otro transporte. Cinco minutos más tarde y con el autobús en la puerta del hotel, Sonia insistía en su negativa. Puedo asegurarles que para hacerla cambiar de opinión hubo que conseguir a lo más cercano a un palabrero y el compromiso de que en adelante no se presentaría un atraso más. Así de exigente era con los escenarios, las luces, el sonido, cada detalle era supervisado milimétricamente y medido con unos altos estándares de perfección. Igual de rigurosa era con la atención a sus bailarines y con todo el personal técnico. Al final de toda la gira tuvimos la oportunidad de compartir y de festejar el éxito de las presentaciones alrededor de un exquisito asado ofrecido por la empresa minera. Entre anécdotas y risas, Sonia y los integrantes del Ballet no ocultaban su satisfacción, no sólo por el deber cumplido, sino también por haber conquistado con su fantasía y belleza a un público enraizado en su música y su folclor. Así fue como la Chichamaya se vistió de ballet. Y así fue como la gran artista Sonia Osorio enamoró a La Guajira y los guajiros se extasiaron con su puesta en escena. Nada sintetiza más la brillante gira del Ballet de Colombia por la península que el espontáneo testimonio expresado por un provinciano que acababa de apreciar el show y se le acercó a Sonia diciéndole: “Vea prima nosotros somos seguidores de Diomedes y de los Zuleta, pero con su espectáculo nos habei dejao pangaos”.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Responsabilidad Social Personal

Responsabilidad: ¿social o individual?

Por: Guillermo Chavarro Borrás*


Considero más valiente al que conquista sus deseos que al que conquista a sus enemigos, ya que la victoria más dura es la victoria sobre uno mismo. (Aristóteles)

El francés, Gustave Le Bon, reconocido investigador de la psicología de las masas, decía acertadamente que “La anarquía está en todas partes cuando la responsabilidad no está en ninguna”. Un concepto bien sustentado si tenemos en cuenta que la obra cumbre de este filósofo, Psicología de las masas, se convirtió desde la primera mitad del siglo pasado en el Manual de cabecera de líderes y políticos que buscaban manipular a su antojo el comportamiento humano.

Si quisiéramos prevenirnos de las maniobras que propone este manual -Hasta hoy fuente de inspiración de gurús del marketing político- el factor clave sería sustituir la acción inconsciente de las masas por la actitud consciente de los individuos. En otras palabras, abandonar la actitud indiferente, sumisa e instintiva que caracteriza el comportamiento masivo, por una conducta reflexiva, participativa y, sobre todo, responsable.

El dilema es ¿Qué tan conscientes somos de la responsabilidad que tenemos sobre lo que sucede a nuestro alrededor? ¿Cuál es mi aporte al bien común? ¿De qué manera participo en el mejoramiento de la sostenibilidad del medio ambiente? ¿Soy responsable, por acción u omisión, de los malos manejos administrativos de nuestros gobernantes? La respuesta a estos y muchos otros interrogantes se encuentra en lo que hoy conocemos como la Responsabilidad Social Individual.

La necesidad de que los individuos sean responsables para con la sociedad no es nada nuevo. Los filósofos griegos y el sistema legal romano ya daban cuenta de su importancia e incluso los romanos llegaron a regularlo.
Cicerón, uno de los principales representantes de la oratoria romana, hablaba, por ejemplo, sobre los deberes que tiene el hombre hacia la sociedad y hacia él mismo, y proponía que existiera sólo una ley verdadera: la ley de la Recta Razón, la cual, de acuerdo con la naturaleza, gobierna sobre todos los hombres, es eterna y no cambia.

Ética y responsabilidad de las empresas

En la actualidad, diríamos que una organización ejerce su Responsabilidad Social cuando satisface las expectativas que los diferentes grupos de interés -accionistas, clientes, comunidades locales, ONG, proveedores, sindicatos, administraciones públicas, etc.- tienen sobre su comportamiento, con el objetivo de contribuir a un desarrollo social, medioambientalmente sostenible y económicamente viable.

La Responsabilidad Social de las empresas es, en esencia, el compromiso voluntario de las organizaciones por contribuir al logro de una sociedad mejor y un medio ambiente más limpio. Hoy, esto implica el desarrollo de códigos de conducta en los diferentes aspectos de Responsabilidad Social y para los distintos ámbitos.

El comportamiento ético y sostenible de cualquier organización es, entonces, consecuencia de la calidad humana de las personas que la componen en todos sus niveles; por tal motivo los valores de los miembros que componen el equipo son muy importantes. En este sentido, el Código Ético se debe basar en unos valores fundamentales establecidos en toda la organización y en otros principios de referencia.

Generalmente las organizaciones ejercen su Responsabilidad Social cuando se interesan en conocer las expectativas que sobre su comportamiento tienen los diferentes grupos de interés involucrados. Sin embargo, casi nunca reflexionamos sobre la responsabilidad que tenemos individualmente como parte de la comunidad a la que pertenecemos. Esperamos que las empresas o el Estado den respuestas satisfactorias respecto al impacto que sus actividades tienen en lo económico, social y medio ambiental, pero, ¿cumplimos como ciudadanos con la parte que nos corresponde para que estos hechos se cumplan?


El bien común

La palabra responsabilidad proviene del latín respondere (responder), que significa capacidad existente en todo sujeto para reconocer y aceptar las consecuencias de un hecho realizado libremente. En un sentido más amplio, significa el criterio que posee una persona para realizar apropiadamente una tarea determinada y su capacidad para tomar decisiones adecuadas. La responsabilidad supone la libertad, como capacidad y como elección. Un concepto bien sintetizado por el escritor irlandés George Bernard Shaw en una de sus célebres frases: “No busquemos solemnes definiciones de la libertad, ella es sólo esto: responsabilidad”.

La Responsabilidad Social debe ser principio y obligación de las organizaciones humanas, lo cual aplica tanto para las empresas y el Estado, como a los ciudadanos en general. Porque cuando la anarquía y la irresponsabilidad se apoderan de una comunidad y sus efectos se evidencian en la inseguridad, la delincuencia, la violación de las leyes y la corrupción administrativa, ¿De quién es la responsabilidad y quienes los más afectados? La responsabilidad y los afectados somos todos, por acción u omisión.

Con toda certeza, si realizáramos una investigación sobre seguridad ciudadana y al preguntar a los entrevistados sobre qué personas, organismos o instituciones, son los responsables de la seguridad de los ciudadanos, la mayoría de las respuestas señalarían a las autoridades y al gobierno. Sin embargo, sin sustraer al gobierno y a las autoridades de su obligación frente a este tema, algunas pocas personas o casi ninguna, se reconocerían a sí mismos como responsables o por lo menos, como parte de la solución.

En la Encuesta de Cultura Ciudadana aplicada hace dos años en la ciudad de Barranquilla en el marco del proyecto “Barranquilla ciudadana”, el cuestionario incluyó la evaluación del concepto de “mutua regulación” con el fin de medir la capacidad regulatoria de los ciudadanos. Una de las conclusiones es que, en comparación con otras ciudades, los ciudadanos de Barranquilla muestran la más alta disposición a llamar la atención cordialmente a otros ciudadanos en caso de que una persona falte o viole una reglamentación. Si bien cuando se les preguntó por situaciones reales la opción mayoritaria de los ciudadanos es la indiferencia, en el caso de situaciones hipotéticas la opción principal es regular a otros ciudadanos y estar dispuesto a recibir llamados de atención. Es decir, mucho propósito pero poca realización.

No obstante, esto es un avance importante y un elemento clave en el proceso de afianzamiento de la responsabilidad individual. Muestra además que aún cuando no se realice todavía una alta regulación mutua, los ciudadanos tienen una gran disposición a realizarla y recibirla.

El individuo, base de la colectividad

Habitualmente se ha asociado el tema de la responsabilidad social, de su planeación, ejecución y control, al sector privado o al Estado. Y las exigencias son tan estrictas que casi siempre esperamos un cumplimiento con cero tolerancia de desviación. Sin embargo, responsabilizar solo a las organizaciones empresariales o a los entes gubernamentales de las consecuencias y los impactos de sus acciones, como de las acciones del colectivo, es un desacierto y una forma de eludir el compromiso individual.

En síntesis, debemos reflexionar acerca de la realidad actual, la realidad de un entorno complejo y mundo en peligro, en el que todos y cada uno de nosotros somos los únicos responsables por alcanzar una sociedad capaz de compartir valores y abordar retos globales comunes. Es nuestra obligación buscar el equilibrio entre el bien propio y el bien común, entre la competitividad y la colaboración, entre la comunicación y el diálogo, entre la uniformidad y la diversidad. Si no logramos alcanzar este equilibrio y nuestro compromiso individual se diluye, llegaremos a ese estado que bien describe el francés Le Bon: “el individuo que forma parte de una masa es un grano de arena inmerso entre otros muchos que el viento agita a su capricho”.