A propósito de la Semana Santa
Promesas que cambian vidas
Por: Guillermo Chavarro Borras
La imposición de la cruz de ceniza en la frente, marca para los católicos la llegada del tiempo de cuaresama; tiempo fundado en el simbolismo de la cuarentena bíblica de Moisés, Elías y Jesucristo, y de los cuarenta años del pueblo de Israel en el desierto. Significa la llegada de un periodo de ayuno y penitencia.
En la Biblia se encuentran muchos ejemplos de superación, esfuerzo, reconstrucción, purificación, transformación, a través de la oración y la penitencia: José hijo de Jacob, Ester, la casta Susana, Jeremías, la samaritana, la mujer adúltera y arrepentida y Zaqueo. El más diciente, quizá, es el que narra el encargo a Jonás de anunciar que la ciudad de Nínive sería destruida dentro de cuarenta días. Cuentan las Escrituras que los ninivitas atendieron el mensaje, “creyeron en Dios, decretaron un ayuno y se vistieron con ropa de penitencia, desde el más grande hasta el más pequeño”, con la esperanza de que Dios aplacara el ardor de su ira y echara atrás su decisión. Y, en efecto, “al ver todo lo que los ninivitas hacían para convertirse de su mala conducta, Dios se arrepintió de las amenazas que les había hecho y no las cumplió”.
Más cercano a nuestro tiempo, muchos actos de penitencia son relacionados como votos, promesas o mandas. Si bien en el lenguaje religioso católico, estas acciones, tienen algunas diferencias, para el imaginario popular todas tienen una misma finalidad: agradar a Dios, a la Virgen o a un santo, para conseguir un favor personal o corresponder por uno recibido.
Uno de estos favores fue el que concedió el Cristo Negro al reconocido cantante de salsa Ismael Rivera en un momento crucial de su carrera artística. La imagen del Cristo Negro o Nazareno, como también se le conoce, llego a Panamá a mediados del siglo XVII, a Portobelo, una de las poblaciones más importantes de América durante la época colonial, y desde ese entonces se le atribuyen importantes milagros.
El Nazareno me dijo que cuidara a mis amigos
A
punto de abandonar su carrera bajo una fuerte adicción a las drogas, Rivera
viajo a Panamá, por recomendación de un amigo, a encomendarse al santo negro
para pedirle que le ayudara a dejar las drogas y que le permitiera continuar
cantando.
En medio de su desesperación le ofreció siete años de penitencia a cambio de su ayuda. Y la manda o penitencia que ofrecía no era cualquier cosa. La tradición exigía caminar desde El Chorrillo, en la ciudad de Panamá, hasta Portobelo, trayecto que regularmente tomaba unos tres días en largas caminatas bajo las inclemencias del sol y el agua; sin embargo, para el artista este padecimiento era mínimo comparado con el tormento que vivía en esos momentos.
Tiempo después de haberse encomendado, la situación del artista empezó a cambiar notablemente. En palabras del mismo cantante, la influencia del santo en su vida lo motivó a dejar las drogas y le ayudo a retomar su exitosa carrera.
Una vez satisfecha su petición –recuperado de su adicción y el regreso triunfante a los escenarios- vino el cumplimiento de la promesa. Rivera volvió el 21 de octubre de 1975 a Portobelo para realizar el peregrinaje de tres días hasta postrarse ante la imagen del Cristo negro. Y no solo eso, en agradecimiento a su benefactor, graba la canción que le compuso Henry D Williams “El Nazareno”, en la cual hace alusión directa a que el negrito de Portobelo le dijo “Pa' lante, pa' lante, pa' lante, pa' lante, pa' lante, como un elefante, y no dejes que te tumben, tu pa’ lante”. https://youtu.be/zVZHqpgQvlg
Maelo, como también se le conoce a Ismael Rivera, mantuvo su promesa por más de diez años hasta cuando un cáncer de garganta lo llevara a la tumba a la edad de 56 de años. Actualmente las procesiones del Cristo Negro son una autentica fiesta popular y religiosa en la cual se confunden los lamentos y oraciones de los penitentes, creyentes y visitantes, con las rítmicas notas de las canciones de Ismael Rivera.
La concepción del pecado y la penitencia se ve reflejada también en diversos géneros literarios, especialmente en la novela. En algunas de estas no son un simple catalogo de penas resultado de un sinnúmero de pecados; sino que son el centro de toda la historia: el argumento, la intriga y la trama. Este es el caso de Sierva María de Todos los Ángeles, la marquesita protagonista de la novela de Gabriel García Márquez, “Del amor y otros demonios”.
Una promesa por Sierva María
Hija de un marques, Don Ygnacio de Alfaro y Dueñas, y de una plebeya, Bernarda Cabrera, Sierva María llego al mundo sietemesina y con el cordón umbilical a punto de estrangularla. “Es hembra… pero no vivirá”, sentencio la comadrona. Fue en ese instante cuando la sirvienta, Dominga de Adviento, prometió a sus santos católicos y yorubas que “si le concedían la gracia de vivir, la niña no se cortaría el cabello hasta su noche de bodas”. Y así fue. Casi al terminar de ofrecer su promesa la niña anunció su llegada a la vida con el primer llanto. A los doce años la cabellera de Sierva María “arrastraba como una cola de novia” y era tan larga que extendida en el suelo medía “veintidós metros con once centímetros”.
Según la historia literaria Sierva María nunca pudo desposarse. Mordida por un perro con mal de rabia y el temor de sus padres por los síntomas y consecuencias que provocaba el virus –la vergüenza de “morir de una enfermedad de perro”-, la llevarían por un calvario que inicia con las recetas de un desfile de médicos, boticarios y curanderos; su posterior enclaustramiento en el convento de Santa Clara; y un sinnúmero de exorcismos que la colocan en la disyuntiva de los placeres del amor imposible y el esperanzador camino libertario de la muerte.
Sierva María espero en vano a Cayetano Delaura -el primer sacerdote encargado de atenderla, su confidente y amante secreto- y cuando la iban a preparar para el sexto exorcismo la guardiana del convento la encontró muerta de amor, “con los ojos radiantes y la piel de recién nacida”. Sierva María murió a los cinco meses de haber cumplido sus doce años con la cabeza rapada por el acoso de los conjuros. Más de un siglo después, cuando comenzaron a vaciar las criptas del Convento de Santa Clara, pues iban a construir allí un hotel cinco estrellas, encontraron los restos de la niña con una cabellera inmensa de color cobre, prendida del pequeño cráneo. A Sierva María se le concedió la gracia de vivir, más no de completar su promesa
A diferencia de los votos de pobreza, castidad y obediencia que son propios de la vida consagrada, el sentido y el significado de la manda normalmente está relacionado con peregrinaciones, penitencias y promesas en agradecimiento a una gracia concedida. Algunos lo hacen evidentes y públicos, y otros prefieren el anonimato de una ofrenda generosa bajo la sombra de una fe secreta. Este último es el caso de Julio Mendoza*, quien lleva unos quince años cumpliendo una manda en forma tan intima y consagrada que su esfuerzo se confunde mas con el gozo personal que con una penitencia.
Una manda que cumple todos los días
Este
hombre -ya entrado en años y que prefiere mantenerse en el anonimato- de
estatura baja, tez morena y de escasas palabras, realiza todos los días del año
una peregrinación admirable para su edad y su condición económica. Todo comenzó
hace más de quince años cuando, a causa de una complicada enfermedad, empezó el
suplicio de pasar por numerosos exámenes y decenas de diagnósticos médicos, sin
encontrar remedio para sus males. En medio de la desesperación se enteró de los
milagros que se les atribuían a las monjas del Claustro de Las Hermanas
Reparadoras de Cristo Sumo Eterno Sacerdote.
Este convento, situado en el barrio Boston de Barranquilla y con casi 50 años de fundado, es habitado por no más de diez monjas que decidieron hacer votos de contemplación y apostolado. Ellas se dedican, sin descanso, a orarle al Santísimo Sacramento y a encomendar, en sus rezos, peticiones de feligreses con la esperanza de un milagro. A esas oraciones se aferro Julio con mucha fe, quizá porque presentía que la ciencia ya poco podía hacer por él.
La capilla del convento, casi siempre llena de parroquianos, indica el alto nivel de confianza que depositan en ésta quienes andan en búsquedas espirituales o de sanación. Muchos de ellos asisten como agradecimiento por los favores recibidos y otros con la esperanza de alcanzarlos. Empresarios, políticos, artistas y futbolistas reconocidos, hacen parte de la lista de adeptos a las bondades de la oración de las Hermanas Reparadoras.
Aunque las monjas en su encierro voluntario poco saben de lo que ocurre afuera de las paredes del convento, si conocen de la espiritualidad y de la labor benefactora de Julio Mendoza. De hecho, poco después de encomendarlo en sus oraciones al Santísimo, Mendoza fue intervenido con éxito en una cirugía de corazón abierto y su fe le indico que había sido sanado. Sin proponérselo y casi en forma inconsciente hizo su promesa: mientras sus fuerzas lo permitieran acudiría diariamente a la capilla del Santísimo de las hermanas Reparadoras. Y así lo ha cumplido, sin faltar un solo día, desde hace más de doce años.
A pesar de los achaques propios de su avanzada edad y de vivir en el municipio de Soledad, al extremo sur de la ciudad de Barranquilla, siempre, rigurosa y obedientemente, realiza el ritual que se ha convertido en la más importante actividad de su vida. No obstante la ceremonia religiosa comienza a las siete de la mañana, Mendoza llega puntual todos los días dos horas antes, casi en la madrugada, barre las afueras de la capilla y parte de la calle que la delimita, ordena el interior del templo y ayuda en la preparación de la Misa. Al finalizar la liturgia se ubica a la salida de la capilla, saluda a los conocidos, se toma un café y, pasadas las ocho de la mañana, toma un taxi que lo regresará a su casa en el barrio El Hipódromo. Así lo ha hecho sin falta por más de cuatro mil quinientos días.
Prometer y cumplir
En el fondo, dentro de la promesa o la manda, como expresión de una actitud profunda, hay un afán válido de relación con un ser superior. No se trata de, como dice el viejo refrán, “el que peca y reza, empata”; va mas allá, mientras que el refrán supone una ofensa a Dios para después buscar su misericordia, en la manda se pide un favor colocando de por medio un compromiso de conversión o de acción de gracias. Y quien la convoca, casi que contractualmente sabe que su incumplimiento traerá consigo un castigo inminente.
Votos, promesas o mandas, atribuidas por muchos a la superstición, ignorancia religiosa o vana credulidad, encierran un misterio que solo se descubre en el ámbito de la espiritualidad. Como en el caso verídico de Sierva María de Todos los Ángeles, magistralmente llevada a la literatura por García Márquez, o el del famoso cantante Ismael Rivera, venerado hoy al lado del Cristo Negro, o el de una persona sencilla y devota como Julio Mendoza, estos actos demuestran que algunas promesas salvan vidas. Así lo intuyo y lo dejo plasmado en una de sus conocidas máximas Rochefoucauld: “Prometemos según nuestras esperanzas y cumplimos según nuestros temores.”
Promesas que cambian vidas
Por: Guillermo Chavarro Borras
La imposición de la cruz de ceniza en la frente, marca para los católicos la llegada del tiempo de cuaresama; tiempo fundado en el simbolismo de la cuarentena bíblica de Moisés, Elías y Jesucristo, y de los cuarenta años del pueblo de Israel en el desierto. Significa la llegada de un periodo de ayuno y penitencia.
En la Biblia se encuentran muchos ejemplos de superación, esfuerzo, reconstrucción, purificación, transformación, a través de la oración y la penitencia: José hijo de Jacob, Ester, la casta Susana, Jeremías, la samaritana, la mujer adúltera y arrepentida y Zaqueo. El más diciente, quizá, es el que narra el encargo a Jonás de anunciar que la ciudad de Nínive sería destruida dentro de cuarenta días. Cuentan las Escrituras que los ninivitas atendieron el mensaje, “creyeron en Dios, decretaron un ayuno y se vistieron con ropa de penitencia, desde el más grande hasta el más pequeño”, con la esperanza de que Dios aplacara el ardor de su ira y echara atrás su decisión. Y, en efecto, “al ver todo lo que los ninivitas hacían para convertirse de su mala conducta, Dios se arrepintió de las amenazas que les había hecho y no las cumplió”.
Más cercano a nuestro tiempo, muchos actos de penitencia son relacionados como votos, promesas o mandas. Si bien en el lenguaje religioso católico, estas acciones, tienen algunas diferencias, para el imaginario popular todas tienen una misma finalidad: agradar a Dios, a la Virgen o a un santo, para conseguir un favor personal o corresponder por uno recibido.
Uno de estos favores fue el que concedió el Cristo Negro al reconocido cantante de salsa Ismael Rivera en un momento crucial de su carrera artística. La imagen del Cristo Negro o Nazareno, como también se le conoce, llego a Panamá a mediados del siglo XVII, a Portobelo, una de las poblaciones más importantes de América durante la época colonial, y desde ese entonces se le atribuyen importantes milagros.
El Nazareno me dijo que cuidara a mis amigos
![]() |
| Cristo Negro de Portobelo |
En medio de su desesperación le ofreció siete años de penitencia a cambio de su ayuda. Y la manda o penitencia que ofrecía no era cualquier cosa. La tradición exigía caminar desde El Chorrillo, en la ciudad de Panamá, hasta Portobelo, trayecto que regularmente tomaba unos tres días en largas caminatas bajo las inclemencias del sol y el agua; sin embargo, para el artista este padecimiento era mínimo comparado con el tormento que vivía en esos momentos.
Tiempo después de haberse encomendado, la situación del artista empezó a cambiar notablemente. En palabras del mismo cantante, la influencia del santo en su vida lo motivó a dejar las drogas y le ayudo a retomar su exitosa carrera.
Una vez satisfecha su petición –recuperado de su adicción y el regreso triunfante a los escenarios- vino el cumplimiento de la promesa. Rivera volvió el 21 de octubre de 1975 a Portobelo para realizar el peregrinaje de tres días hasta postrarse ante la imagen del Cristo negro. Y no solo eso, en agradecimiento a su benefactor, graba la canción que le compuso Henry D Williams “El Nazareno”, en la cual hace alusión directa a que el negrito de Portobelo le dijo “Pa' lante, pa' lante, pa' lante, pa' lante, pa' lante, como un elefante, y no dejes que te tumben, tu pa’ lante”. https://youtu.be/zVZHqpgQvlg
Maelo, como también se le conoce a Ismael Rivera, mantuvo su promesa por más de diez años hasta cuando un cáncer de garganta lo llevara a la tumba a la edad de 56 de años. Actualmente las procesiones del Cristo Negro son una autentica fiesta popular y religiosa en la cual se confunden los lamentos y oraciones de los penitentes, creyentes y visitantes, con las rítmicas notas de las canciones de Ismael Rivera.
La concepción del pecado y la penitencia se ve reflejada también en diversos géneros literarios, especialmente en la novela. En algunas de estas no son un simple catalogo de penas resultado de un sinnúmero de pecados; sino que son el centro de toda la historia: el argumento, la intriga y la trama. Este es el caso de Sierva María de Todos los Ángeles, la marquesita protagonista de la novela de Gabriel García Márquez, “Del amor y otros demonios”.
Una promesa por Sierva María
Hija de un marques, Don Ygnacio de Alfaro y Dueñas, y de una plebeya, Bernarda Cabrera, Sierva María llego al mundo sietemesina y con el cordón umbilical a punto de estrangularla. “Es hembra… pero no vivirá”, sentencio la comadrona. Fue en ese instante cuando la sirvienta, Dominga de Adviento, prometió a sus santos católicos y yorubas que “si le concedían la gracia de vivir, la niña no se cortaría el cabello hasta su noche de bodas”. Y así fue. Casi al terminar de ofrecer su promesa la niña anunció su llegada a la vida con el primer llanto. A los doce años la cabellera de Sierva María “arrastraba como una cola de novia” y era tan larga que extendida en el suelo medía “veintidós metros con once centímetros”.
Según la historia literaria Sierva María nunca pudo desposarse. Mordida por un perro con mal de rabia y el temor de sus padres por los síntomas y consecuencias que provocaba el virus –la vergüenza de “morir de una enfermedad de perro”-, la llevarían por un calvario que inicia con las recetas de un desfile de médicos, boticarios y curanderos; su posterior enclaustramiento en el convento de Santa Clara; y un sinnúmero de exorcismos que la colocan en la disyuntiva de los placeres del amor imposible y el esperanzador camino libertario de la muerte.
Sierva María espero en vano a Cayetano Delaura -el primer sacerdote encargado de atenderla, su confidente y amante secreto- y cuando la iban a preparar para el sexto exorcismo la guardiana del convento la encontró muerta de amor, “con los ojos radiantes y la piel de recién nacida”. Sierva María murió a los cinco meses de haber cumplido sus doce años con la cabeza rapada por el acoso de los conjuros. Más de un siglo después, cuando comenzaron a vaciar las criptas del Convento de Santa Clara, pues iban a construir allí un hotel cinco estrellas, encontraron los restos de la niña con una cabellera inmensa de color cobre, prendida del pequeño cráneo. A Sierva María se le concedió la gracia de vivir, más no de completar su promesa
A diferencia de los votos de pobreza, castidad y obediencia que son propios de la vida consagrada, el sentido y el significado de la manda normalmente está relacionado con peregrinaciones, penitencias y promesas en agradecimiento a una gracia concedida. Algunos lo hacen evidentes y públicos, y otros prefieren el anonimato de una ofrenda generosa bajo la sombra de una fe secreta. Este último es el caso de Julio Mendoza*, quien lleva unos quince años cumpliendo una manda en forma tan intima y consagrada que su esfuerzo se confunde mas con el gozo personal que con una penitencia.
Una manda que cumple todos los días
![]() |
| Capilla del Santísimo Sacramento en el barrio Boston |
Este convento, situado en el barrio Boston de Barranquilla y con casi 50 años de fundado, es habitado por no más de diez monjas que decidieron hacer votos de contemplación y apostolado. Ellas se dedican, sin descanso, a orarle al Santísimo Sacramento y a encomendar, en sus rezos, peticiones de feligreses con la esperanza de un milagro. A esas oraciones se aferro Julio con mucha fe, quizá porque presentía que la ciencia ya poco podía hacer por él.
La capilla del convento, casi siempre llena de parroquianos, indica el alto nivel de confianza que depositan en ésta quienes andan en búsquedas espirituales o de sanación. Muchos de ellos asisten como agradecimiento por los favores recibidos y otros con la esperanza de alcanzarlos. Empresarios, políticos, artistas y futbolistas reconocidos, hacen parte de la lista de adeptos a las bondades de la oración de las Hermanas Reparadoras.
Aunque las monjas en su encierro voluntario poco saben de lo que ocurre afuera de las paredes del convento, si conocen de la espiritualidad y de la labor benefactora de Julio Mendoza. De hecho, poco después de encomendarlo en sus oraciones al Santísimo, Mendoza fue intervenido con éxito en una cirugía de corazón abierto y su fe le indico que había sido sanado. Sin proponérselo y casi en forma inconsciente hizo su promesa: mientras sus fuerzas lo permitieran acudiría diariamente a la capilla del Santísimo de las hermanas Reparadoras. Y así lo ha cumplido, sin faltar un solo día, desde hace más de doce años.
A pesar de los achaques propios de su avanzada edad y de vivir en el municipio de Soledad, al extremo sur de la ciudad de Barranquilla, siempre, rigurosa y obedientemente, realiza el ritual que se ha convertido en la más importante actividad de su vida. No obstante la ceremonia religiosa comienza a las siete de la mañana, Mendoza llega puntual todos los días dos horas antes, casi en la madrugada, barre las afueras de la capilla y parte de la calle que la delimita, ordena el interior del templo y ayuda en la preparación de la Misa. Al finalizar la liturgia se ubica a la salida de la capilla, saluda a los conocidos, se toma un café y, pasadas las ocho de la mañana, toma un taxi que lo regresará a su casa en el barrio El Hipódromo. Así lo ha hecho sin falta por más de cuatro mil quinientos días.
Prometer y cumplir
En el fondo, dentro de la promesa o la manda, como expresión de una actitud profunda, hay un afán válido de relación con un ser superior. No se trata de, como dice el viejo refrán, “el que peca y reza, empata”; va mas allá, mientras que el refrán supone una ofensa a Dios para después buscar su misericordia, en la manda se pide un favor colocando de por medio un compromiso de conversión o de acción de gracias. Y quien la convoca, casi que contractualmente sabe que su incumplimiento traerá consigo un castigo inminente.
Votos, promesas o mandas, atribuidas por muchos a la superstición, ignorancia religiosa o vana credulidad, encierran un misterio que solo se descubre en el ámbito de la espiritualidad. Como en el caso verídico de Sierva María de Todos los Ángeles, magistralmente llevada a la literatura por García Márquez, o el del famoso cantante Ismael Rivera, venerado hoy al lado del Cristo Negro, o el de una persona sencilla y devota como Julio Mendoza, estos actos demuestran que algunas promesas salvan vidas. Así lo intuyo y lo dejo plasmado en una de sus conocidas máximas Rochefoucauld: “Prometemos según nuestras esperanzas y cumplimos según nuestros temores.”
*Nombre ficticio por solicitud
del personaje




Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarExcelente artículo Guillo. Buen manejo de las letras para hacernos esta crónica de uno de los pasajes épicos de la vida de Maelo.
ResponderEliminarExcelente artículo, viejo Guillo. Felicitaciones, mi hermano
ResponderEliminarExcelente artículo, viejo Guillo. Felicitaciones, mi hermano
ResponderEliminar