Roma
y Bogotá, de fiesta en el carnaval
Por:
Guillermo Chavarro Borras
No hubo una cita
previa. Todo sucedió de manera espontánea, sin compromisos ni arreglos, sin
invitados ni anfitriones, preparados para lo inesperado. Como decía Neruda, “Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar
indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más
feliz o la más amarga de tus horas”; y, en este caso, estábamos en el lugar
indicado y en el momento preciso: todo pronosticaba que serían las horas más
felices para todos.
En realidad no había
un requerimiento previo, o quizá sí, había una orden perentoria, un decreto
real, dictado unas semanas antes por la autoridad principal del jolgorio en la
cual decretaba a “Curramba” en estado de sitio carnavalero, otorgando amnistía
general a los alzados en copas y declarando la ciudad en histeria colectiva, en
desenfreno, en alegría sin límites. Y esa era una orden bien seria que nadie se
atrevería a desobedecer.
El primer visitante
llegaría una semana antes del carnaval desde Roma, Italia. No quería perderse ninguno
de los eventos previos de la fiesta y, por ello, había asegurado su viaje meses
antes. Giorgio Cinini proviene de una
familia tradicional italiana, asentada en Trastevere, una zona medieval en Roma que está separada
del centro de la ciudad por el río Tiber. Es el único lugar de Roma que
sobrevivió a la época medieval y que mantiene una fuerte identidad local. Desde
allá, desde este característico y encantador barrio italiano, Giorgio tomó sus
maletas y decidió apreciar de cerca, con sus propios ojos, lo que en algún
momento había conocido en publicaciones especializadas como uno de los carnavales
más importantes del mundo.
Trastevere tiene mucho que brindar, tanto al
residente como al visitante, desde un alojamiento acogedor, restaurantes con
encanto, atracciones culturales, tiendas
de toda clase y una noche muy animada gracias a sus numerosos bares y pubs.
Pero este romano quería ver más. Tal vez quería saber cómo, aquella fiesta con
que sus ancestros abrían las celebraciones, o carnelevale, que significa quitar
la carne y alude al tiempo previo a la Cuaresma cristiana, había llegado tan
lejos y poseía tan alta reputación.
Como europeo que es,
venia cargado de un montón de paradigmas. Su aventura estaba catalizada por la
incertidumbre, por conocer a aquellos seres que en apariencia se caracterizaban
por estar atrapados en el círculo vicioso de la pobreza y la desesperanza, pero
también por sospechar que –en medio de sus desgracias— no tienen otro remedio
que burlarse de su propia suerte. Así como lo hacía, en su Roma antigua, el
dios Momo, que según la leyenda era el dios de "las chanzas y de las
burlas; hijo del sueño y la noche; era en fin el dios de la locura que con
chistes y agudezas y con mímica grotesca, divertía a las mil maravillas, a los
excelsos dioses del Olimpo".
Por eso, su asombro
no dejaba tranquila su conciencia al ver, apretujado entre la multitud, el
primer desfile del carnaval: La Guacherna. Las comparsas, las cumbiambas, los
disfraces, uno detrás de otro, convertían su incertidumbre en realidad, trocaban su formalidad en júbilo, y ya
pasadas las horas, sus auténticos gestos mediterráneos se transformaron en
movimientos cadenciosos que trataban de imitar a los negros y mulatos que
desfilaban por la calle. ¡Ya estaba metido en la recocha! De ahí en adelante
sus horas de reposo serían mínimas y su tiempo de gozo llegaría siempre hasta
el amanecer.
Pero su alegría llegó
al límite de la fascinación al conocer las muestras de teatro, danza y música
de “Carnavalada”, evento organizado por la Asociación Cultural ¡Ay Macondo!, en
cabeza del maestro en Arte Dramático Darío Moreu, y que se ha convertido en un referente para
disfrutar la fiesta como se vive en los barrios de la ciudad. Allí, el
“Romanquillero” –como el mismo se reconoce ahora- disfrutaría de inolvidables
momentos apreciando el espectáculo del Sexteto Tabalá de San Basilio de
Palenque, a la Banda 19 de Marzo de Laguneta, la Danza de Farotas de Sabanalarga,
la agrupación Stereocuco de Barranquilla y otras extraordinarias puestas en
escena.
La conexión de Giorgio
Cinini con el carnaval de Barranquilla fue instantánea, por no decir que
mágica. Y así como su mesura del principio se transformó en alborozo, el martes
de carnaval, del jolgorio pasó a la nostalgia. A una nostalgia mentirosa porque
en el fondo la burla, el desenfreno y la histeria colectiva seguían intactas.
Disfrazado de viuda alegre, este italiano, músico de profesión, recorrió las
calles, como el más auténtico barranquillero, llorando la partida de Joselito
carnaval. Dejó su papel de espectador para sumergirse en la representación
cómico-teatral que emula el dolor que sienten los carnavaleros por el fin de
las fiestas. Eran lamentos de gozo, de alegría, de sentirse parte de un
espectáculo que no volvería a salirse de su corazón.
Sin embargo, su
primera impresión no fue precisamente en un evento del carnaval. Era casi una
verbena de los años setentas: cuerpos sudorosos que se movían tratando de
encontrar un espacio entre la multitud, la brisa fresca que entraba por las
enormes puertas apaciguando un poco el calor y, de fondo, los sonidos
brillantes de las trompetas y los golpes acústicos de la percusión. La música pegajosa
de Cortijo y su Combo, la voz melodiosa de Héctor Lavoe y los acordes casi
clásicos del piano de Ricardo Ray, hicieron sentir a los bogotanos que se
encontraban en Barranquilla, y no propiamente en un desfile, sino en el templo
de la salsa: La Troja. Ellos, acostumbrados a ver sus sitios casi siempre
llenos, no podían esconder su sorpresa al apreciar que la multitud no solo no
cabía en el sitio, sino que alcanzaban a llenar las calles alrededor.
De la euforia de un
viernes en la Troja pasaron a la belleza, el colorido y la alegría de los
desfiles de la 44, la Batalla de Flores, la Gran Parada de Tradición y Folclor -uno de los eventos que más llamó la atención
de los visitantes-, La Gran Parada de Fantasía y el Festival de Orquestas. Pero
lo que le dio el toque especial a los agitados días de fiesta fue el recorrido
que hicieron el martes de carnaval por la carrera ocho del sur de Barranquilla.
Era el mismo carnaval pero en otra dimensión, era quizá esa dimensión perdida
del antiguo carnaval en los barrios, el de las verbenas, los pick up, las
ventas de fritos a los costados, el bullicio, el de la mamadera de gallo.
Aunque ya entraba la noche y Joselito hacía horas había sido enterrado, la
algarabía y el desenfreno hacían pensar que habían retornado milagrosamente al
mismísimo sábado de carnaval. Y es que para esta gente la fiesta de la carne
todavía no había terminado. “Este si es el verdadero carnaval” diría Alberto
Littfack admirado.
Ese mismo martes en
la medianoche Littfack y su esposa partirían hacia Bogotá un poco nostálgicos
pero felices. En sus mentes se llevaron grabado el estribillo de “La llave,
dónde está la llave, cuando me emborracho rracho, no sé qué me pasa, pasa, no
encuentro la llave, llave, no encuentro la casa, casa”, la canción que repicó
en sus oídos durante los días de carnaval y que seguramente estará sonando en
estos momentos en el café Libro de la 93 en Bogotá.
El italiano Cinini,
en cambio, no se ha ido aún, si por él fuera se quedaría toda la vida en
Barranquilla. Ya tiene el montaje de un documental sobre Barranquilla que
espera poder mostrar en toda Europa. Y
sueña con hacer realidad una fundación que promueva el intercambio cultural y
musical entre Roma y Barranquilla. Ya le tiene nombre, se llama “Romanquilla”.
Tanto los bogotanos
Littfack como el romano Cinini establecieron en los cuatro días de carnaval una
relación sentimental con Barranquilla parecida a la que siente uno con su
primera novia: irrepetible, inolvidable, única. La felicidad que les inspiró,
la alegría desbordante que sintieron y la atracción lujuriosa de una fiesta
singular, hará, seguramente, que los tengamos de vuelta muy pronto.