miércoles, 6 de marzo de 2013

Cronica

Roma y Bogotá, de fiesta en el carnaval
Por: Guillermo Chavarro Borras
No hubo una cita previa. Todo sucedió de manera espontánea, sin compromisos ni arreglos, sin invitados ni anfitriones, preparados para lo inesperado.  Como decía Neruda, “Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas”; y, en este caso, estábamos en el lugar indicado y en el momento preciso: todo pronosticaba que serían las horas más felices para todos.
En realidad no había un requerimiento previo, o quizá sí, había una orden perentoria, un decreto real, dictado unas semanas antes por la autoridad principal del jolgorio en la cual decretaba a “Curramba” en estado de sitio carnavalero, otorgando amnistía general a los alzados en copas y declarando la ciudad en histeria colectiva, en desenfreno, en alegría sin límites. Y esa era una orden bien seria que nadie se atrevería a desobedecer.

El primer visitante llegaría una semana antes del carnaval desde Roma, Italia. No quería perderse ninguno de los eventos previos de la fiesta y, por ello, había asegurado su viaje meses antes.  Giorgio Cinini proviene de una familia tradicional italiana, asentada en Trastevere,  una zona medieval en Roma que está separada del centro de la ciudad por el río Tiber. Es el único lugar de Roma que sobrevivió a la época medieval y que mantiene una fuerte identidad local. Desde allá, desde este característico y encantador barrio italiano, Giorgio tomó sus maletas y decidió apreciar de cerca, con sus propios ojos, lo que en algún momento había conocido en publicaciones especializadas como uno de los carnavales más importantes del mundo.

Trastevere tiene mucho que brindar, tanto al residente como al visitante, desde un alojamiento acogedor, restaurantes con encanto,  atracciones culturales, tiendas de toda clase y una noche muy animada gracias a sus numerosos bares y pubs. Pero este romano quería ver más. Tal vez quería saber cómo, aquella fiesta con que sus ancestros abrían las celebraciones, o carnelevale, que significa quitar la carne y alude al tiempo previo a la Cuaresma cristiana, había llegado tan lejos y poseía tan alta reputación.
      
Como europeo que es, venia cargado de un montón de paradigmas. Su aventura estaba catalizada por la incertidumbre, por conocer a aquellos seres que en apariencia se caracterizaban por estar atrapados en el círculo vicioso de la pobreza y la desesperanza, pero también por sospechar que –en medio de sus desgracias— no tienen otro remedio que burlarse de su propia suerte. Así como lo hacía, en su Roma antigua, el dios Momo, que según la leyenda era el dios de "las chanzas y de las burlas; hijo del sueño y la noche; era en fin el dios de la locura que con chistes y agudezas y con mímica grotesca, divertía a las mil maravillas, a los excelsos dioses del Olimpo".

Por eso, su asombro no dejaba tranquila su conciencia al ver, apretujado entre la multitud, el primer desfile del carnaval: La Guacherna. Las comparsas, las cumbiambas, los disfraces, uno detrás de otro, convertían su incertidumbre en realidad,  trocaban su formalidad en júbilo, y ya pasadas las horas, sus auténticos gestos mediterráneos se transformaron en movimientos cadenciosos que trataban de imitar a los negros y mulatos que desfilaban por la calle. ¡Ya estaba metido en la recocha! De ahí en adelante sus horas de reposo serían mínimas y su tiempo de gozo llegaría siempre hasta el amanecer.

Pero su alegría llegó al límite de la fascinación al conocer las muestras de teatro, danza y música de “Carnavalada”, evento organizado por la Asociación Cultural ¡Ay Macondo!, en cabeza del maestro en Arte Dramático Darío Moreu,  y que se ha convertido en un referente para disfrutar la fiesta como se vive en los barrios de la ciudad. Allí, el “Romanquillero” –como el mismo se reconoce ahora- disfrutaría de inolvidables momentos apreciando el espectáculo del Sexteto Tabalá de San Basilio de Palenque, a la Banda 19 de Marzo de Laguneta, la Danza de Farotas de Sabanalarga, la agrupación Stereocuco de Barranquilla y otras extraordinarias puestas en escena.

La conexión de Giorgio Cinini con el carnaval de Barranquilla fue instantánea, por no decir que mágica. Y así como su mesura del principio se transformó en alborozo, el martes de carnaval, del jolgorio pasó a la nostalgia. A una nostalgia mentirosa porque en el fondo la burla, el desenfreno y la histeria colectiva seguían intactas. Disfrazado de viuda alegre, este italiano, músico de profesión, recorrió las calles, como el más auténtico barranquillero, llorando la partida de Joselito carnaval. Dejó su papel de espectador para sumergirse en la representación cómico-teatral que emula el dolor que sienten los carnavaleros por el fin de las fiestas. Eran lamentos de gozo, de alegría, de sentirse parte de un espectáculo que no volvería a salirse de su corazón.

En otro lugar de la ciudad, en la víspera del sábado de carnaval, se encontraba una pareja de bogotanos que había abandonado su rutina capitalina para disfrutar durante cuatro días las fiestas del dios Momo. Alberto Littfack y Consuelo Neira son los directores de la Galería Café Libro en Bogotá, un sitio concebido hace más de 26 años para el encuentro, la tertulia, la fiesta y la diversión. Podría decirse que para hablar de rumba en la capital hay que hablar de Café Libro. Sus tres sedes son consideradas como los sitios de mayor tradición y arraigo cultural en el corazón de los bogotanos. Nadie, como este par de bogotanos, sabe de gustos, de cultura y de diversión. Pero ellos querían ver más. Hacía muchos años no venían al carnaval de Barranquilla y la posibilidad de llevar una muestra de las fiestas a sus galerías en Bogotá los llenaba de entusiasmo.

Sin embargo, su primera impresión no fue precisamente en un evento del carnaval. Era casi una verbena de los años setentas: cuerpos sudorosos que se movían tratando de encontrar un espacio entre la multitud, la brisa fresca que entraba por las enormes puertas apaciguando un poco el calor y, de fondo, los sonidos brillantes de las trompetas y los golpes acústicos de la percusión. La música pegajosa de Cortijo y su Combo, la voz melodiosa de Héctor Lavoe y los acordes casi clásicos del piano de Ricardo Ray, hicieron sentir a los bogotanos que se encontraban en Barranquilla, y no propiamente en un desfile, sino en el templo de la salsa: La Troja. Ellos, acostumbrados a ver sus sitios casi siempre llenos, no podían esconder su sorpresa al apreciar que la multitud no solo no cabía en el sitio, sino que alcanzaban a llenar las calles alrededor.

De la euforia de un viernes en la Troja pasaron a la belleza, el colorido y la alegría de los desfiles de la 44, la Batalla de Flores, la Gran Parada de Tradición y Folclor  -uno de los eventos que más llamó la atención de los visitantes-, La Gran Parada de Fantasía y el Festival de Orquestas. Pero lo que le dio el toque especial a los agitados días de fiesta fue el recorrido que hicieron el martes de carnaval por la carrera ocho del sur de Barranquilla. Era el mismo carnaval pero en otra dimensión, era quizá esa dimensión perdida del antiguo carnaval en los barrios, el de las verbenas, los pick up, las ventas de fritos a los costados, el bullicio, el de la mamadera de gallo. Aunque ya entraba la noche y Joselito hacía horas había sido enterrado, la algarabía y el desenfreno hacían pensar que habían retornado milagrosamente al mismísimo sábado de carnaval. Y es que para esta gente la fiesta de la carne todavía no había terminado. “Este si es el verdadero carnaval” diría Alberto Littfack admirado.

Ese mismo martes en la medianoche Littfack y su esposa partirían hacia Bogotá un poco nostálgicos pero felices. En sus mentes se llevaron grabado el estribillo de “La llave, dónde está la llave, cuando me emborracho rracho, no sé qué me pasa, pasa, no encuentro la llave, llave, no encuentro la casa, casa”, la canción que repicó en sus oídos durante los días de carnaval y que seguramente estará sonando en estos momentos en el café Libro de la 93 en Bogotá.

El italiano Cinini, en cambio, no se ha ido aún, si por él fuera se quedaría toda la vida en Barranquilla. Ya tiene el montaje de un documental sobre Barranquilla que espera poder mostrar  en toda Europa. Y sueña con hacer realidad una fundación que promueva el intercambio cultural y musical entre Roma y Barranquilla. Ya le tiene nombre, se llama “Romanquilla”.

Tanto los bogotanos Littfack como el romano Cinini establecieron en los cuatro días de carnaval una relación sentimental con Barranquilla parecida a la que siente uno con su primera novia: irrepetible, inolvidable, única. La felicidad que les inspiró, la alegría desbordante que sintieron y la atracción lujuriosa de una fiesta singular, hará, seguramente, que los tengamos de vuelta muy pronto.